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Manual para hacer el ridículo

8/4/18

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Por Juan Carlos Escudier.


Han tenido que venir tres jueces alemanes a mostrarnos aquello de que la ley ha de ser el cauce sobre el que discurren los hechos, y que modificarlos a capricho arruina cualquier expectativa de justicia. Lo que ha dictaminado la Audiencia Territorial de Schleswig-Holstein al declarar inadmisible el delito de rebelión por el que el Tribunal Supremo pedía la extradición de Puigdemont es la aplicación práctica de aquella memorable frase de Rajoy según la cual un plato es un plato y un vaso es un vaso. Así, la violencia es violencia, pero sólo cuando se produce y no cuando se supone, cuando es una realidad y no una conjetura, cuando puede constatarse y no solo imaginarse en una larga noche de insomnio.

Durante meses se han aplaudido decisiones incomprensibles que han pasado por encima del Código Penal y del sentido común, y que han diseñado una Justicia a la carta incompatible con la esencia misma de la democracia. Como se ha dicho aquí en alguna ocasión no sólo se ha destripado a Montesquieu, que el pobre ya estaba habituado al ensañamiento, sino que además se ha resucitado a Kafka.

Fruto de este delirio, se han llegado a impugnar actos que no se habían producido, como la eventual investidura de Puigdemont, obligando al Tribunal Constitucional a un malabarismo circense para que ninguna pelotita cayera al suelo. Y se ha permitido que un magistrado del Tribunal Supremo se arrogara poderes excepcionales que han dejado en sus manos no sólo prolongar la prisión preventiva de unos encausados con criterios hartamente discutibles sino también la supuesta defensa del orden legal que rige la actividad de un Parlamento legalmente constituido. Resolver quién puede o no delegar el voto, forzar –o intentarlo hasta conseguirlo- la renuncia al escaño de exconsellers y diputados, y decidir por la vía de los hechos quién debía o no ocupar la presidencia de la Generalitat sugieren extralimitaciones palmarias de su mera función jurisdiccional.

De la Justicia, reconvertida en Derecho preventivo, se ha pasado a la estratagema, a Maquiavelo. Ello determinó primero la retirada de la orden europea de detención contra Puigdemont cuando se refugió en Bruselas, ante la certeza de que la Justicia belga no aceptaría su entrega por los delitos que se le acusa en España; luego la renuncia a plantearla en Dinamarca con el argumento surrealista de que pretendía ser detenido y lo inteligente era que no se saliera con la suya. Finalmente, se forzó su salida apresurada de Finlandia para poder apresarle en Alemania, en la confianza de que allí sí se comprenderían las razones de Estado y los jueces germanos aceptarían pulpo como animal de compañía.

Todo ello porque la acusación de sedición parecía poca cosa y ya puestos en harina y metidos en gastos se hacía necesario un castigo ejemplar, una respuesta patriótica a la afrenta que era lo que proporcionaba el delito de rebelión, aunque para ello fuera necesario dejar volar la imaginación y construir un alzamiento violento donde sólo hubo una manifestación, una alteración del orden público y daños a dos vehículos policiales.

Lo que ha puesto de manifiesto la decisión de los magistrados alemanes y de sus colegas belgas es que el pretendido armazón jurídico que sustentaba la causa contra el procés era poco menos que una excentricidad que no resiste la prueba del algodón de la Justicia europea, que no tiene parangón en ningún ordenamiento jurídico serio y que provocará más de un sonrojo cuando el asunto llegue al Tribunal Europeo de Derechos Humanos y sentencie que se han vulnerado derechos políticos y presunciones de inocencia de quienes aún no han sido condenados y a los que preventivamente se ha inhabilitado.

Se llega así a la paradoja de que el supuesto cabecilla del “golpe de Estado” sólo podrá –y está por ver- ser juzgado por malversación y los presuntos cooperadores, necesarios o no, tendrán que enfrentarse a cargos muchos más graves. De ahí que esas lúcidas y togadas mentes del Supremo estudien ya cómo convertir la malversación en malversación agravada para elevar así la pena o, en su defecto, volver a retirar la euroorden de detención para que el ridículo sea ya planetario.


Publicado en www.publico.es

Ligazón permamente

La gran estafa de la electricidad en España

26/1/17

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Por Juan Carlos Escudier.


Juan Carlos Escudier
Todo es muy difícil antes de ser sencillo salvo en lo relativo al recibo de la luz, que, en contra de lo que pudiera parecer, es más simple que el asa de un cubo. Para entender por qué sube la electricidad en España o por qué su precio es escandalosamente alto en relación a otros países europeos no hay que pretender conocer los entresijos de una factura incomprensible o aprender desde pequeños la diferencia entre la parte regulada de la tarifa y la liberalizada, los peajes del sistema, la potencia instalada o el déficit tarifario. Lo que hay que saber es que el supuesto mercado libre es una milonga, un sistema oligárquico controlado por cinco empresas montado para que se forren en cualquier circunstancia. Así de sencillo.

Tenemos un ministro de Energía, Álvaro Nadal, que nos ha explicado unas cuantas razones de por qué el precio de la luz cabalga desbocadamente hacia nuestros bolsillos y ha profetizado que el espectáculo hípico nos costará 100 euros más al año. Dice Nadal que el precio sube porque hace frío, no llueve y hace viento, porque el petróleo es más caro y porque Francia tiene muchas nucleares pasando la ITV y nos compra energía barata haciendo que aquí suba. Súmese a esto que los consumidores han de pagar durante 25 años una deuda con las eléctricas de varios miles de millones de euros y obtendremos la resultante: la factura de la luz será en enero la segunda más cara de la historia.

Tal y como se ha ideado el sistema, el precio final camina sobre dos patas. La primera es la regulada, la suma de los impuestos y del coste de transportar la electricidad desde donde se produce hasta la lámpara del salón. Incluye también algunas partidas insólitas. Se paga a las compañías por su capacidad, es decir por sus instalaciones, produzcan o no. Y se compensa a las grandes industrias por algo bautizado como coste de ininterrumpibilidad, más de 500 millones al año, por si en un momento de picos de consumo hubiese que cortarles el cable, algo que no se ha producido en más de una década. Esta pata sube lo que le da la gana al Gobierno, que suele ser poco para disimular.

La segunda es la liberalizada, y se determina con una subasta que antes era trimestral y ahora es diaria. Si la ley de la oferta y la demanda funcionase, en condiciones meteorológicas favorables y de baja demanda el precio debería bajar con la misma intensidad que sube cuando no lo son. Y como esto no ocurre, hay que deducir que todo es una farsa y que la supuesta competencia es una broma gigantesca.

El propio mecanismo de la subasta es alucinante. Una vez que se establecen las necesidades de consumo, las eléctricas avanzan qué megavatios pueden ofrecer y de dónde proceden. El precio del megavatio sube o baja hasta que oferta y demanda casan. A coste cero entran en las pujas la energía nuclear (las centrales están amortizadas) y las renovables. Ordenadas de menor a mayor precio, les siguen las centrales hidráulicas, las de gas de ciclo combinado y, finalmente, las térmicas alimentadas por carbón, las más costosas. El precio que se fija es de la energía más cara en entrar al sistema.

Es lógico pensar que, en condiciones favorables, habría días en las que bastaría con usar la energía de las nucleares y de las renovables para atender a las necesidades previstas por lo que el precio tendría que ser cero, pero esto nunca ocurre. ¿Por qué? Pues porque las eléctricas siempre se las arreglan para ofertar ligeramente por debajo de la demanda prevista para cubrir ese excedente con térmicas o centrales de gas, que son las que acaban determinando el precio. La trampa es permanente y tiene hasta un nombre en inglés: los windfall profits o beneficios caídos del cielo.

¿Se funciona igual en otros países? Pues no. Mientras que aquí el precio se determina en 80% por el mercado y un 20% a plazo, en Alemania, por ejemplo, el porcentaje es justamente el inverso. Los alemanes saben un año antes (a plazo) el precio al que pagarán más de las tres cuartas partes de la electricidad que consumen mientras que en España las subastas y sus trampas son diarias.

Pero es que hay más. Desde que España es exportadora neta de electricidad la factura de la luz no ha dejado de crecer. De eso el ministro Nadal no dice nada, lógicamente. La explicación hay que buscarla en esas directivas europeas, moduladas según los intereses de Francia y Alemania, que son las que aprovechan que toda la energía que importan no incluya la inmensa mayoría de los costes asociados. Es decir, los consumidores españoles financian la energía barata que vendemos a mayor gloria de franceses y alemanes, sí, pero también de nuestras compañías eléctricas que se aseguran la presencia en esos mercados y dan salida a su exceso de potencia instalada.

Así que ya saben por qué la electricidad en España es cara y lo será más en los próximos días y semanas. Porque no llueve ni hace viento. Sencillo.


Publicado o 19/01/2017 en www.publico.es

Ligazón permamente

De Guindos y el miedo

2/1/15

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Por Juan Carlos Escudier.


Pictóricamente hablando, el ministro de Economía Luis de Guindos es un artista de suaves y delicadas pinceladas. Frente al trazo grueso de Montoro, que algo pinta, el de Lehman Brothers acaricia el lienzo de la realidad y acompaña el bosquejo con una voz meliflua y profundamente nasal que le hace parecer siempre constipado o muy pijo. O sea.

El ministro empezó el año con una entrevista en la Ser en la que esbozó la razón fundamental de nuestra venturosa recuperación, gracias a la cual mantenemos una tasa de paro del 24% frente al 7% de media en el conjunto de países de la OCDE. En opinión de este mago de la macroeconomía, ello ha sido posible porque los españoles ya no temen perder el puesto de trabajo, que era lo que antes les retraía a la hora de quemar la visa y arrasar en las rebajas de Zara.

Sostiene De Guindos que un español sin miedo en unos grandes almacenes es un killer del consumo, una máquina de comprar perfectamente engrasada que levanta la moral y cualquier economía. Se empieza por unas zapatillas de estar por casa, se pasa al 4×4 y de ahí al apartamento en Torrevieja. El efecto es multiplicador e inmediato: más inversión, más empleos y más compras a troche y moche. Nos hallaríamos en consecuencia a las puertas de un círculo virtuoso, que es como al vicioso pero en dirección contraria.

Nuestro visir económico es un ejemplo en eso de no sentir escalofríos, quizás porque las chaquetas de tweed son muy calentitas. Cualquiera en su situación como presidente para España y Portugal de Lehman Brothers se hubiese echado a temblar cuando la quiebra de su empresa desencadenó la mayor crisis financiera de la historia. O sentiría temor de encontrarse por la calle con alguno de los miles de afectados de la colocación de las cuotas participativas de la CAM que el ahora ministro dirigió desde Lehman.

Pero a De Guindos no le atenazó el pánico y siguió comprando en Alcampo. Y ello, seguramente, hizo posible que se convirtiera rápidamente en jefe de la división financiera de PricewaterhouseCoopers y en consejero del Banco Mare Nostrum, antes de llegar al Gobierno, ponerse al servicio del país y declarar oficialmente libre de miedo al territorio nacional.

El caso es que hay algo de verdad en que los españoles ya han empezado a curarse del espanto de estos años. Sigue habiendo miedo a quedarse en el paro o a cambiar un empleo digno por uno de los contratos basura que patrocina De Guindos. Hay miedo a tener que emigrar, a no poder pagar la hipoteca o las tasas universitarias de los hijos. Se siente pavor a la pobreza y a acabar en un comedor social o debajo de un puente. Pero por primera vez en mucho tiempo se ha agotado la resignación, que es la forma de miedo más primigenia. Cosas del hartazgo.

Hoy en día se teme más al presente que al futuro. Lo que da más miedo es el PP. De Guindos, que es pintor de cámara y no se entera de lo que pasa en los bares, ha emborronado un lienzo pensando en las próximas elecciones. Y para que sea fiel a la realidad hay que decirle que sobran algunas figuras, empezando por la de su propio autorretrato.


Publicado o 02/01/2015 en www.publico.es

Ligazón permanente


Nicolás es muy grande

12/12/14

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Por Juan Carlos Escudier.


Juan Carlos Escudier
La mejor descripción de la glamurosa epopeya del pequeño Nicolás la hizo la jueza que instruye su caso. ¿Cómo es posible –se preguntaba- que “con su mera palabrería” y aparentemente “con su propia identidad” accediera a actos y embaucara a la flor y nata de este país de pillos sin levantar sospechas del camelo? La respuesta no puede ser más obvia: buena parte de nuestra más distinguida sociedad es rematadamente idiota.

No se trata de ninguna novedad pero impresiona esta demostración científica de mentecatería que adorna a un sinfín de políticos y empresarios, gente muy principal que deciden sobre nuestras vidas y haciendas y de los que puede mofarse un simple Lazarillo de amplia sonrisa, prominente dentadura y un asombroso parecido en su conjunto con el logo de una marca de patatas fritas.

A estas alturas lo de menos es si el chaval miente cuando asegura ser colaborador del CNI, confidente de Zarzuela, muñidor de Eurovegas o mediador en el contencioso soberanista catalán. El verdadero objeto de análisis es la fauna que posaba junto a él, esa supuesta elite patria, de cuya capacidad neuronal ya existían serías dudas antes incluso de que contemplásemos el álbum de fotos de Nicolasín y nos echásemos unas risas.

Hábil gestor de la adulación y, según parece, de las incontenibles pulsiones de algunas excelentísimas braguetas, hay poderes del Estado inquietos por la información de la que podría disponer este cuasi adolescente con acné que ha sido capaz de llevarse al huerto o al chalet del Viso a lo más granado de una sociedad patética, inmortalizada en esa escena del sofá en la que uno de nuestros más distinguidos emprendedores, Arturo Fernández, se abraza a Morfeo y babea a pierna suelta. Dicen que el temor a que Nicolás haya jugado a ser la ‘madame’ más joven de la historia y pueda demostrar su celestinaje tiene a muchos peligrosamente descompuestos.

Cada día que pasa se comprueba que el informe forense que atribuía al joven “una florida ideación delirante de tipo megalomaníaco” puede estar equivocado en todo menos en lo de delirante. Y es que sólo cabe definir así la situación del todavía secretario de Estado de Comercio, Jaime García-Legaz, padrino e introductor del muchacho en las altas esferas, capitoste de Economía y de FAES, atrapado en una red de whatsapps y de busconas que debería aconsejarle hacer mutis cuanto antes. O la de la propia vicepresidenta Sáenz de Santamaría, sobre la que el crío dispara algunas de sus acusaciones que el tiempo dirá si son o no increíbles.

Sólo la burla a la que el sonriente Nicolás ha sometido a algunas elevadísimas instancias explica los insólitos procedimientos que se le han aplicado, desde su detención de 72 horas a la propia personación en la causa de la abogacía del Estado -de todo punto inexplicable ya que no hay aparentemente interés público que defender-, sin olvidar las presiones policiales para que fuera denunciado por estafa por una empresario que niega haber sido engañado por el rapaz.

Una criatura que es capaz de llegar escoltado a Ribadeo en medio de un ulular de sirenas como cabeza del séquito de Felipe VI merece un respeto y una alfombra roja como poco. Muchas son las mentiras que se están vertiendo sobre este rey de la picaresca, empezando por ese ridículo diminutivo con el que se le ha bautizado. ¿Pequeño Nicolás? A uno le parece que este tío es muy grande.


Publicado o 12/12/2014 en www.publico.es

Ligazón permanente

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